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Reporte · 2017

Mescalina en Arkana Festival

San Pedro · Ollantaytambo, Valle Sagrado

Festival Arkana, baile al aire libre entre árboles y carpas
© alexis suarez / arkana 2017

Ficha

Sustancia
Mescalina (Echinopsis pachanoi — San Pedro)
Formato
Polvo (cactus deshidratado)
Dosis
Desconocida
Método
Mezclado con agua en botella
Lugar
Ollantaytambo, Valle Sagrado (Perú)
Evento
Arkana Festival 2017
Setting
Festival psytrance, entorno natural, multicultural
Set (mental)
Crisis emocional, búsqueda personal, penas de amor
Contexto previo
Mochileo solo por Bolivia y Perú
Compañía
Solo (interacciones esporádicas)
Momento
Noche (aprox., sin precisión)
Duración
Varias horas (hasta amanecer)
Intensidad
Media–alta (subida progresiva + peak emocional)
Extras
Incienso, humo desconocido, ritualidad ambiental
Resultado
Insight emocional + integración positiva

Relato

Estaba en un momento caótico, venía con penas de amor y una necesidad fuerte de encontrarme conmigo mismo. No era algo muy racional, más bien lo típico que uno hace cuando entra en una especie de crisis existencial: moverse, salir, cambiar de entorno.

Decidí mochilear: partí por Bolivia y después pasé a Perú. Mirándolo ahora, ese viaje fue una especie de preparación, aunque en ese momento no lo veía así; me estaba abriendo, pero también estaba inestable. Es raro, porque hoy lo siento difuso, pero sé que fue importante.

En Cusco me pasó algo clave. Fui al mercado de las brujas y me sorprendió lo abierto que era todo: ahí vendían Echinopsis pachanoi (San Pedro) como si fuera cualquier cosa. Venía deshidratado, en polvo, y decía que era de Chavín de Huántar.

No tenía idea de la dosis, nada… solo sabía, de forma general, lo que era.

Recuerdo que no costaba más de cinco dólares.

No lo compré de inmediato, di vueltas, lo pensé un rato… pero había algo que ya estaba decidido antes de decidirlo, así que terminé comprando.

En ese momento tampoco tenía completamente claro lo del Arkana; no recuerdo si ya tenía la entrada o si todavía estaba dudando. También dudé de ir.

Estaba recién entrando al psytrance, me gustaba, pero no era algo central en mi vida todavía.


Luego de tener la entrada en mano ya estaba decidido, no lo pensé dos veces. La mescalina iba a ser en el Arkana Festival.

Era la edición 2017. Me llamó la atención que había países invitados, y al llegar vi cómo entraban brasileños gratis; sentí una especie de envidia, pero era sana, me pareció bonito ese enfoque.

Ese año se hacía en Ollantaytambo, en el Valle Sagrado de los Incas. El entorno ya tenía algo especial por sí solo.

Había mucha gente de distintos países, se sentía diverso, con una mezcla cultural fuerte.

No recuerdo bien si fue el mismo día o al siguiente, pero preparé la mescalina mezclando todo el polvo con agua en una botella, sin medir, sin mucha ciencia.


El viaje comenzó lento, difuso, sin un golpe inmediato.

Me encontré con un chileno que vio la botella y me preguntó qué era; le dije que era San Pedro y quiso darle un sorbo.

No lo cuestioné. Sentí que no era quien para interceder en procesos ajenos; si alguien sentía ese llamado, yo compartía.


Estaba con un grupo más retirado de la pista. Era un espacio de conversación, donde la música se escuchaba de fondo.

En algún momento ocurrió algo que se sentía como una ceremonia, el lugar parecía santificado.

Empecé a mimetizarme con la gente. Al principio estaba observando, medio ajeno, pero eso cambió. Avancé hacia la pista, y ya no era un extranjero buscando caras conocidas.

Era yo entrando en el flujo.

No sabía quién estaba tocando. Eso dejó de importar.

Ahí ya estaba sintiendo los efectos con claridad. Las cosas empezaron a brillar. No era solo visual, era como si todo tuviera más presencia… y cayó la noche.


La música se intensificó, o quizás era yo el que ya estaba percibiendo todo más profundo. Era como si cada capa del sonido tuviera más significado.

Había grupos que interactuaban como si estuvieran jugando, una especie de “pillarse” entre cuerpos en movimiento, casi como guerreros danzantes siguiendo reglas invisibles.

Las personas dejaron de ser solo personas.

Se transformaban en arquetipos. Algunos parecían bufones del baile, exagerando gestos, deformando lo humano hacia algo lúdico.

Vi a una mujer en trance que me evocaba una bruja antigua.


Había mucho incienso en el aire. Un sahumerio constante que le daba al ambiente una sensación ritual.

Una persona fumaba y compartía con los danzantes; me llegó ese humo, nunca supe qué era. Tabaco, marihuana o algo más.

En ese estado tampoco importaba demasiado.

La atención dejó de estar afuera.

Y se volcó hacia mí.

Empecé a preguntarme quién era yo dentro de todo eso. Qué hacía ahí. En medio de esa escena que ya no parecía solo un festival, sino una especie de locura organizada.


En medio de todo eso, el viaje mental comenzó con algo simple.

Me di cuenta de que amaba la música.

No fue una revelación explosiva, fue un reconocimiento… sentí agradecimiento por esa conexión con el sonido.

Por un momento, eso era todo.

Y bastaba esa conexión con la música.

Pero luego el pensamiento se bifurcó…


Como contexto: habían sido muchos días caminando solo, comunicándome lo justo y necesario.

Pero todo ese proceso de viaje previo empezó a tener sentido, y todo lo que arrastraba también.

El San Pedro me inundó con una sensación de amor. Amor propio, amor por la vida.

Entendí que esa pena era necesaria. Que había sido parte del proceso. Que necesitaba atravesarla para crecer, para aprender a caminar solo y reconocer mi valor.

Entendí que muchas veces uno actúa sin darse cuenta del motor real detrás de lo que hace.

Y que ese motor era yo.

Mi voluntad.

Sentí lo fuerte que era, y empecé a soltar miedos que venía acumulando desde Chile, desde esa relación, desde esa versión mía que ya no estaba sosteniendo.

Después de toda esa carga emocional, me quebré.

Se me cayeron las lágrimas.


Pero estaba encapuchado, bailando. Nadie lo notó. Y tampoco era necesario.

Seguí bailando, pero distinto. Con más fuerza, con más ánimo, con más empuje.

En algún punto aparecieron los patrones. La emoción se transformó en brillos, colores, una apertura hacia un universo interno.

No recuerdo exactamente cómo ocurrió, pero en algún momento ya estaba amaneciendo.


Al día siguiente seguí bailando, pero ya no había cuestionamiento.

Había aceptación.

El insight se mantuvo; con el tiempo se ha ido transformando, pero siempre en una dirección positiva.

Después de eso empecé a valorarme más, a entender que podía sostenerme solo.

También apareció una nueva conexión con estos estados de conciencia, no como escape, sino como herramienta.

Un ritual moderno de autoconocimiento. Pero no solo individual, también colectivo.

Un trance compartido, un espacio donde, por momentos, dejamos de estar solos y empezamos a vibrar en conjunto.

Y desde ahí, volver a uno.

No para escapar de quien soy,
sino para entenderlo, tensionarlo
y, a veces, transformarlo.